Escogí a Priscilla, una masajista muy especial que atiende al oeste de la ciudad. Llegar hasta ella es asomarse a un oasis pleno de refrescante relajación, sumergirse en ella es acceder a un espacio intermedio y poner la tarde en pausa, para disfrutar extasiados de una aventura sexual de exquisita sensualidad.
Atravesar San José con su estridente trepidancia de ciudad que ya resulta angosta para la vida que se vive en ella resulta un calvario. Los semáforos se detienen eternidades en sus luces rojas y la gente se mueve en sus vehículos con aburrida lentitud, el día es demasiado sofocante para tentarlo, la gente se escabulle, trata de pasar al margen de la enceguecedora luz solar.
Priscilla atiende en una zona muy agradable, privada, segura y muy conveniente. Accedo a la antesala de la habitación y me invita a pasar inmediatamente a la sala de relajamiento. Un espacio fresco, con la puerta del balcón trasero abierta dejando penetrar la luz de la tarde que suavemente acaricia el mobiliario e ilumina la estancia. Música jazz y fusión acentúan el ambiente, cortinas transparentes se agitan suavemente con la brisa, poniendo distancia con la actividad de los vecinos.
Afuera, lejana, se escucha la vida que sigue su espiral vertiginosa. Yo hice una pausa y me detuve en la tarde, en el extremo occidental de la ciudad, junto a Priscilla que suavemente discurre a mi lado en silenciosa discreción.
-“¿No se quiere duchar?” Pregunta delicadamente mientras sigue acomodando los paños que sirven de sábana para la camilla de masajes que se asoma a un costado de la estancia, cerca de un perchero y una mesita que contiene diferentes tipos de aceites y fragancias, con las que ella unge el cuerpo emocionado de sus clientes, en busca de la redención física y mental.
Si busca una mujer con figura y aspecto de muñeca de pasarela, se equivocó de lugar, porque Priscilla aunque sensual y vigorosa, es una mujer rellena y bien construida. Ahora bien, si lo que busca es a una maestra de la estimulación completa y el juego de la masturbación ejercida con todo el cuerpo, entonces usted llegó al lugar adecuado.
La belleza de Priscilla es discreta pero intensa, quizás no sea una mujer para contemplar, pero es ciertamente una mujer para sentir a plenitud, porque si algo tiene ella es que se sabe hacer sentir, y qué manera de hacerlo!
Me muestra el área de la ducha y comienzo a desnudarme, ella indiferente ante mis movimientos acaba de terminar de tomar una ducha, mientras yo llegaba hasta el lugar. Se encuentra vestida, con su largo cabello aún húmedo recogido en un moño. El ambiente respira frescura, Priscilla encarna a la tarde con su acariciante seducción y es entonces cuando me dejo seducir por ella. No parece tener prisa en desnudarse, me sigue con la mirada y luego se acerca hasta mí para recoger mi ropa y llevarla hasta el perchero, donde la cuelga cuidadosamente.
Abro la ducha y el agua tibia cae sobre mis hombros, experimento un gran estremecimiento y empiezo a darme cuenta que ya estoy viviendo la experiencia, la cual empieza precisamente con una ducha que suaviza mi piel y relaja mis músculos. Cierro la llave y me seco con una toalla limpia que puso Priscilla en la puerta. Luego salgo y me dirijo hasta la estancia de relajamiento donde ella aún vestida me invita a acostarme desnudo, boca abajo sobre la camilla.
Pasa sus manos sobre mi piel deteniéndose especialmente en las nalgas mientras atraviesa su cuerpo sobre mí, tratando de escoger el aceite que piensa utilizar, duda un poco y mientras tanto siento la presión de su cuerpo sobre el mío. Con presurosa impaciencia ante aquel momento de impacto le pregunto si no va a desnudarse, a lo que luego de una breve pausa me responde: “todo a su tiempo”. Decidí en ese momento confiar y entregarme.
Si van donde Priscilla permitan que ella desarrolle su guión, no se precipiten y déjense llevar por su sapiencia, es una mujer totalmente comprometida con el bienestar y el disfrute de sus clientes.
Todo empieza boca abajo, ella acaricia primero mientras esparce el aceite sobre la espalda, rápidamente se desplaza hacia las nalgas y se queda en esa área, aplicando presión para luego soltar y seguir acariciando, se toma su tiempo. Luego desciende por las piernas y sus manos comienzan una zigzagueante travesía por los muslos, hasta abajo presionando las plantas de los pies, luego nuevamente entre los muslos amenazando con llegar al pene, pero nunca lo hace. De manera casi imperceptible, mientras adormilado me dejo llevar por las sensaciones que experimento, ella se desviste y se queda solamente con un diminuto hilo sobre su cuerpo.
Entonces comienza la verdadera aventura porque inmediatamente se sube sobre la camilla e inicia un masaje con su cuerpo entero, ejerciendo tremenda presión que libera con placentera suavidad. Si pudieran explicarse las múltiples sensaciones que se experimentan no acabaríamos jamás. Música de jazz sigue inundando el ambiente mientras conversamos en voz baja, con suavidad, procurando no inquietar demasiado la calma que nos invade mientras su cuerpo discurre sobre el mío y sus senos se detienen detrás de mis orejas, sus pezones me acarician y casi penetran en mis oídos, sus manos se apoyan en las mías y se compenetran. Ella continúa desplazándose mientras sus fuertes muslos resbalan y prensan cada uno de mis muslos, primero uno, luego el otro, varias veces, ahora resbala sobre mi espalda y sus labios se acercan a mi nuca y comienzan a besarla suavemente, ahora las orejas, ya estoy a punto de reventar y ella lo descubre, en el timing perfecto. Me pregunta que si lo estoy disfrutando a lo que respondo afirmativamente y es cuando me pide que me vuelva boca arriba: “a ver si logramos que se sienta mejor”, comenta con dulce maldad.
Se queda arriba de la camilla mientras trabajosamente me doy vuelta. Habría preferido una superficie diferente a esa incómoda camilla, pero la experiencia está tan buena que me hago el tonto y me acomodo a las circunstancias. Boca arriba nos miramos frente a frente, desnudos por primera vez. De piel muy blanca, de ojos melancólicos pero mirada dulce, posee unos senos deliciosos. Ya los había sentido sobre mi espalda y mis piernas pero ahora que los veía y mis manos podían acariciarlos me daba cuenta de su bella redondez y dureza, como frutos de árbol exótico al que accedemos por gracia de la vida. Me mira la cara de desconcierto que tengo frente a aquellos dos hermosos senos y suavemente se inclina hacia mí, pone sus manos sobre mi abdomen y me deja acariciar de cerca sus senos, comérmelos todos. Primero uno, luego el otro, escondo mi rostro entre ambos y respiro profundo. Entonces me dejo ir hacia abajo, mientras ella juguetea con mi pene, lo lubrica primero con sus manos, luego con su cuerpo y juega y posterga lo inexorable, hasta que ya desesperado le suplico que se lo coma, algo que ella hace con deliciosa y glotona obediencia. Y come y come, chupa y sigue chupando, aquello es la gloria. Mi mira a punto de explotar y entonces detiene el ritmo un poco, para darme tiempo de recuperarme. Me acaricia el pecho, lubrica los brazos, toda ella es caricias absolutas, ininterrumpidamente, mientras hablamos, reímos, y nos decimos obscenidades con natural expresividad.
Le pido que me coloque el preservativo, ya para entonces completamente desnudos. Se lo pone en la boca y desde allí apoyada en sus manos sosteniendo mi pene erecto lo instala con maestría, se desplaza hacia arriba de mi cuerpo, se acomoda y la penetro o, mejor dicho, me dejo penetrar, porque ella encima se encarga de ejecutar toda la acción. Me están fornicando como a un Semi-Dios entregado al placer de sus concubinas. Ella es toda obediencia y entrega. Así estamos un rato, siempre sobre mí ella cambia de posición las piernas y entonces sube y baja más suspendida, ahora menos suspendida, ahora reclinada sobre mi cuerpo solamente mueve la cintura. Y así vamos sobre la tarde, hasta que decido no controlarme más y me dejo ir, exploto completamente, mientras ella detiene el ritmo de sus movimientos y me deja disfrutar de aquel paroxismo. Nos quedamos un breve instante quietos, disfrutándonos, luego ella se retira y se baja de la camilla, retira el preservativo y me limpia con bondadosa generosidad mientras seguimos conversando, ella al pie de la camilla durante un rato, yo boca arriba, recorriendo su cuerpo con mis manos. Hasta que me levanto y me dirijo hacia la ducha.
El resto fue protocolo, vestirnos, reírnos un poco, conciliar nuestras deudas, prometernos un reencuentro y despedirnos, ella se quedó en aquella instancia con la tarde a sus pies y yo me volví a lanzar a la calle, al tráfico enloquecedor que ya estaba comenzando a ponerse mucho más denso e intransigente. Esta vez sin embargo era diferente, yo tampoco tenía prisa, mientras subía por la calle paralela a La Sabana miraba el tren que descendía hacia la terminal del estadio, tan cerca y tan ajeno, aún me encontraba en una burbuja.
Ah, tardes de enero, fantásticas en su ensoñación fornicaria.



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