Me preguntaba en días recientes cuáles eran los motivos por
los que tanto para este fraile que escribe como para muchos otros integrantes
del coro puteril que integra este espacio bloguero, la guapa y sensual
Mabel se había convertido en un objeto
de culto. Empecé a buscar respuestas y a
fe que nada me resultaba satisfactorio. Decidí entonces arreglar una cita con
ella y vivir la experiencia de manera directa, para ver de qué estábamos
hablando.
Debo decir que tanto los preámbulos al encuentro como el
encuentro en sí me resultaron harto satisfactorios. Descubrí después que su
técnica en la cama, que es muy buena y la maneja con harto profesionalismo, no
difiere mucho de un cliente a otro y todos sin embargo creemos además que ella
nos trata de manera única y hace con cada uno lo que no hace con ningún otro.
Eso nos hace sentir exclusivos, únicos e irrepetibles. Mabel nos hace vivir una
fantasía. El rato que se pasa con ella es verdaderamente especial y como dice
el afilado xman, carajo, “nos hace sentir que tocamos el cielo”, desde la cama,
con ella encima cabalgándonos.
Lawrence Durrell, mi gran maestro de la literatura decía en su maravillosa novela El Cuarteto de Alejandría: Nunca conocemos la verdad del otro como en el acto físico del amor. Y pienso ahora que he estado con Mabel y después de haber conocido a bastantes Mabeles, que la fantasía que ella me ofrece me ayuda a descubrirme, a encontrar mi propia verdad. En esto, claro que difiero de Durrell, porque en lugar de conocer al otro, que en este caso es Mabel, al estar con ella me he descubierto a mismo un poco más, pues entre más fornicaba a Mabel más me sumía en su misterio seductor, más enigmática se volvía cuando creía que era más bien yo quién le había sacado a flote ese diablo orgásmico que ella trasuda con todo su voluptuoso cuerpo, su gestualidad, caricias y ese lenguaje tan seductor que nos susurra al oído o de pronto grita por toda la habitación, en momentos en que la cadencia orgásmica alcanza los decibeles explosivos que todos buscamos.
Mabel es un misterio, es una fantasía , es la chica del antifaz, aunque ya con la máscara en el suelo, Mabel sigue usando su antifaz. Ella es un enigma, seguramente tampoco Mabel sea su nombre de pila y eso es algo que muchos sabemos se aplica en los burdeles que visitamos. En el Night Club las chicas se llaman Genesis, Cordelia, Angel, Fabiola, Estrella… En la sala de masajes están Camila, Angelie, luzDelia, Carmela, Sonia y hasta Charlotte… Esa es la máscara sin el antifaz, en el caso de Mabel es diferente porque aunque ella no use la máscara siempre mantiene activo su antifaz y con ello nos sumerge en esa fantasía que nos hace creer y nos convence que ninguno otro como nosotros la ha llevado a ese terreno orgásmico, húmedo y deliciosamente lubricado con que coronamos nuestra cita con ella.
Cuando le hacía fotos hace unos días, encaramado en las montañas de Alajuela, pensaba en la última película de Stanley Kubrik –Eyes wide shot-, una escena de la orgía en el castillo donde todos usan antifaz, donde todos ocultan su identidad para sin embargo ser ellos mismos y dejar en libertad esa necesidad de exponernos y ofrendarnos los unos a los otros por medio del sexo como único discurso de validación del ser, sin apelar a las palabras, a poses innecesarias y falsas actitudes.
Lo que me gusta de Mabel es que al usar el antifaz nos ayuda a descubrirnos y a hacernos sentir nosotros mismos, para ello utiliza esa técnica tan personal de fornicación donde nos cabalga de espalda y de pronto ejecuta un Split que nos hace sentir que estamos abajo, al final del tubo, en el night club y ella ejecuta una danza ritual sobre nosotros, los únicos, los originales, los irrepetibles. Qué manera de hacernos sentir singulares, aunque para ella todos estemos en el mismo canasto.

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